Copenhagen wheel por fin a la venta!

Hace ya 4 años que los investigadores del MIT presentaron la Copenhagen Wheel, la rueda que convierte en eléctrica cualquier bici convencional. Desde entonces, los miembros del SENSEable City Lab han recibido más de 14.000 peticiones para adquirir la rueda, producirla o distribuirla. Pero no parecían decidirse a mover ficha.

En todo este tiempo, hasta ha dado tiempo a que les salga competencia, con la FlyKly Smart Wheel, desarrollada por un grupo de cooperadores eslovenos que, mucho más decididos que los de Massachusetts,  hace tiempo que ofrecen información muy concreta acerca de las características de su producto, precio y calendario de lanzamiento en Kickstarter.com, web dedicada a la recaudación de fondos para la puesta en marcha de nuevos proyectos .

Azuzados por la competencia o tal vez por pura casualidad, parece que los responsables de la Copenhagen Wheel se han decidido por fin a formar una empresa, Superpedestrian, para explotar ellos mismos su invento, que esperan lanzar al mercado a finales de noviembre de 2013, es decir, ¡en apenas un mes!

Otra bici plegable

Estoy recuperando algunos enlaces que fuí recopilando para entradas que nunca llegué a escribir, así que algunas de las cosas que voy a publicar próximamente no son lo último de lo último, pero… ¡Molan!

Esto que os traigo hoy es una bici plegable que ocupa exáctamente la circunferencia de las ruedas, 26 pulgadas exactas.

El sistema de plegado parece un poco complicado como para completarlo en un minuto, pero con un poco de práctica todo se consigue. Además, el cuadro tiene unas formas que recuerdan a las bicis urbanas tipo custom, así que si te gustan las custom y las plegables y te cuesta elegir, esta puede ser una buena opción: un buen trabajo de serigrafía y un par de detalles de personalización pueden convertir la bicicleta plegable de Dom en tu compañera indispensable.

La pena es que he estado investigando para ver si localizaba alguna página del inventor de esta bici, y no he dado con ella, de manera que parece complicado conseguir una réplica.

Vía Microsiervos.

Anoche la bici me «salvó la vida»

Exagerando un poco he hecho mío el título de la canción de Indeep: La bici realmente no salvó mi vida, pero si me ha librado de un profundo estado depresivo.
Hace años salía de la facultad exultante, pensando que nunca más volvería a estudiar para un exámen: en la vida siempre hay cosas que aprender, pero desde luego «empollártelas» para vomitarlas en una prueba de unas horas no tiene ningún interés. Sin embargo la vida tiene un humor un tanto paradójico, y mientras yo pedaleaba en un sentido, ella se las ha apañado para llevarme de nuevo a vivir unas diez horas diarias encerrada en una biblioteca. Si alguien ya lo estaba sospechando, se lo confirmo: he encontrado unas oposiciones que me gustan, y ahí estoy, dándolo todo; si en una cuesta arriba el método para no rendirse es decirte «venga, hasta esa piedrecita de ahí», yo ahora recurro al de «venga, hasta terminar este tema de aquí».

Y como nunca faltan apoyos de familiares y amigos, ayer estuve hablando por teléfono con un amigo que ya ha pasado por esto y que siempre trata de darme ánimos y buenos consejos: anoche se le dió mejor lo de los buenos consejos que lo de los ánimos… Me advirtió sobre el más que probable advenimiento de varios problemas de salud derivados del hecho de pasar sentado tantas horas al día: dolores de cabeza, alteración del ritmo cardiaco y deterioro del riego sanguíneo, y como no, el aumento burtal de peso. Cuando ya empezaba a sentir vértigo y a pensar que no merecía la pena destrozarme la salud para conseguir mi plaza, ví la luz al final del túnel. «Oye, no sé si servirá de mucho, pero… Aprovechando que Alcalá es ciudad universitaría, cada día voy a una biblioteca distinta en bici, no suponen más de diez o quince minutos el trayecto, pero haciéndolo cuatro veces al día digo yo que de algo servirá. Y además los domingos me los tomo de descanso y estoy saliendo unas cuatro horas de ruta con la bici de montaña. No acabaré convertida en Jabba el Hutt, ¿verdad?» En fin, mi amigo no es experto en salud, pero sí me reconoció que él empezó a sufrir esos males estudiando en casa, evitando cualquier desplazamiento y sin actividad deportiva regular. Me sentí un tanto aliviada.

Así que este es un mensaje para las madres, padres, hermanos, amigos y parejas que se preocupan cuando alguien que les importa les dice que se va a pasar a la bici para moverse a diario: los accidentes pueden evitarse poniendo tresmil pares de ojos por parte de los cilcistas, y un poquito de cuidado y respeto por parte de los conductores; contra el ritmo de vida sedentario poco podemos hacer, no creo que muchos tengamos la posibilidad de mandar al cuerno el trabajo para dedicarnos al nomadismo, y los efectos sobre la salud de este sedentarismo me preocupan más que los accidentes.

Así que la bici anoche no salvó mi vida, pero puede que a largo plazo lo esté haciendo.

Ciclismo urbano, también en EEUU

httpv://www.youtube.com/watch?v=Tw6Z6k9Xmos

Cómo son los norteamericanos vendiendo: este vídeo casi da envidia, y sin embargo nos muestra que el primer sistema de transporte público en bicicletas de todo EEUU se ha puesto en marcha en Washington en agosto de este año. Poco pueden enseñar a los europeos en cuanto a cultura ciclista, pero desde luego, son únicos movilizándose y mostrando su trabajo.

Ciclismo urbano, ¿la fórmula que buscaban los Ministros de Economía?

Tal vez se deba a que últimamente estoy teniendo más tiempo para para pasear por Alcalá a diario, o puede ser que desde que escribo este blog me fije más en los ciclistas urbanos de lo que lo hacían antes, pero, ¿soy la única que ha notado que cada vez hay más bicis en nuestras ciudades? Y no me refiero sólo a la densidad de ciclistas por kilómetro cuadrado, sino también alperfil de estos ciclistas: me estoy encontrando a lomos de una bicicleta a tipos humanos a los que nunca antes me habría imaginado fuera de un coche o de una acera.

¿Sabéis esa señora, de las que acaban de ser abuelas, que sueles encontrarte en cualquier esquina con un carrito de la compra de cuadros escoceses? Pues ahora por mi barrio hay una señora que, por indumentaria, edad, horarios… Encaja perfectamente en ese perfil, salvo que ahora la veo pasar en su bici con cesta. Lo mismo con esos señores jubilados que sueles ver camino del colegio a buscar al nieto, o camino del bar a arreglar España: chaqueta de punto, pantalones de tergal, andares tranquilos, piel curtida y arrugada… Solía verlos caminando por las aceras o conduciendo su coche, uno de estos coches que tienen cerca de veinte años pero que no tienen apenas kilómetros y parece que están nuevos salvo por el motor, que de «comer» atascos y semáforos en ciudad y ver muy poca autopista, está más negro que el ala de cuervo. Pues ya me he encontrado a más de tres y más de cuatro pedaleando sobre su bici, casi siempre una bici vieja, rescatada de la herrumbre, que les va demasiado pequeña y chirría, pero les lleva con rapidez de un sitio a otro, y – ellos mismos parecen haberse dado cuenta – sin gastar un sólo céntimo en gasolina.

También están los chavales del barrio: antes apenas cumplían los dieciséis ya estaban dando vueltas por el barrio con un scooter, a ser posible con tubo de escape modificado para hacer el mayor ruido posible. Será porque los padres ya no están tan dispuestos a desembolsar el precio de un ciclomotor, o el endurecimiento de los requisitos para conducir un scooter, o simple cuestión de malas notas… Pero ya no se ven tantas motos en mi barrio, y los chavales, en su búsqueda de un medio para moverse con libertad por la ciudad, y que los defina como rebeldes incorregibles, se van haciendo más y más con bicicletas de trial y dirt jump. Aún no he visto a ninguno hacer ninguna acrobacia reseñable, pero atentos porque se fragua una gran cantera para estas modalidades.

También están los trabajadores de mediana edad, de esta generación que aún considera que ir en su propio coche al trabajo le da un status del que no puede prescindir. Algunos ya practicaban antes hábitos económicos y ecológicos, yendo varios compañeros juntos en el mismo coche. Pero la cuestión es que iban en coche. Sin embargo, cuando la crisis aprieta y la hipoteca se hace insuperable, nada es más económico que ir en bici, y también empiezo a ver ciclistas camino de las empresas que hay alrededor de la ciudad… ¡Incluso he visto a alguno en el arcén de la autopista camino de Torrejón! Aunque eso ya me parece mucho arriesgar, sobre todo pudiendo llevar tu bici en el tren.

Estas dos nuevas especies ciclistas se unen en Alcalá a los estudiantes Erasmus que aún no se explican por qué muchos de sus compañeros, viviendo en la misma ciudad, se empeñan en coger el coche y pasar media hora buscando aparcamiento para ir a clase, y a los alcalaínos autóctonos que por convicción pedalean para ir al trabajo, a clase, a por el periódico,el pan, o de marcha. Y parece que la mayor presencia de bicicletas y menor abundancia de coches animan aún a más gente a coger la bici, y no sólo en Alcalá, sino dondequiera que voy.

Hay quien tenía ganas de empezar a utilizar la bici para sus desplazamientos pero no se atrevía por miedo a los coches, porque no estaba seguro de que el trayecto fuese realizable, o porque le daba vergüenza llamar la atención. Bueno, la crisis nos afecta a todos, y a modo de efecto «fin de mes» prolongado, se empieza a notar menor densidad de tráfico – no, no han desaparecido los atascos, pero al menos son menos intensos -, una conducción más comedida buscando reducir el consumo, y más gente buscando alternativas de transporte: así que, los que tenían miedo a los coches, se encuentran con que hay menos y van más despacio; los que no estaban convencidos de poder llegar a su destino en bici, apretados por el bolsillo o después de ver a alguna de las señoras mayores de mi barrio siguiendo el trayecto, se deciden a probar; los que no querían llamar la atención, ya no la llaman en absoluto, ni siquiera si su bici chirría.

La crisis me ha golpeado duramente, pero como Brian, siempre hay que mirar el lado luminoso de la vida, y hasta una crisis económica tiene su parte positiva.

Una duda (te la dedico, Maybe): si economía y sostenibilidad están lo bastante relacionadas en algunos aspectos, como en este caso, en que una actitud que busca economizar tiene como efecto un transporte más sostenible… ¿Por qué no se incentivan más y desde antes medidas de este tipo?

Copenhagen Cycle Chic

Navegando por el blog de uno de los amiguetes que me visitan con cierta frecuencia he dado con uno de sus enlaces, el blog danés «Copenhagen Cycle Chic». Aunque a primera vista el sitio pueda parecer un poco frívolo, tiene su interés.

Es una ilustración perfecta para lo que comenté en el post «El valor simbólico de una bicicleta urbana». En España todavía parece que si pensamos en ir en bici a alguna parte automáticamente pensamos en ponernos deportivas, vaqueros cómodos y camiseta o sudadera. Así, claro, hay quien ni se plantea ir en bici al trabajo, porque en ciertos sitios no te puedes presentar de tal guisa.

El blog de Copenhagen cycle Chic es una clara muestra de cómo en muchos países del Norte de Europa los ciclistas pueden compatibilizar perfectamente el pedaleo con su indumentaria más formal para ir a la oficina. Me encanta su vocación de mostrar a cualquier visitante que ellos también pueden ir en bici a cualquier lugar: «Este blog destaca (…) cómo una cultura ciclista normal no tiene por qué implicar lycra, componentes caros ni bicicletas de diseño. Resumiendo, este podrías ser tú, dondequiera que estés«.

Su blog hermano, Copenhagize the planet, tiene un tono más serio pero también destaca su vocación de servir de inspiración a otras ciudades para que desarrollen carriles bici «a lo Copenhage» para que sus ciudadanos puedan moverse a diario en bicicleta.

¡Gracias Mojarrison!

Pedalear por el Anillo Verde de Madrid

Ya es indignante el estado en que nos encontramos muchos ciclistas los carriles bici de nuestros municipios, pero lo que este usuario del anillo verde de Madrid denuncia en El Mundo supera los límites de la imaginación.

Nunca un carril bici ha sido publicitado tan a bombo y platillo, y sin embargo los mismos recursos que se han puesto en marcha para que todos tuviésemos bien clarito que el compromiso de la Comunidad con la movilidad y la práctica del ciclismo es firme, no sirven para mantenerlos limpios y en buen estado de uso. ¿De qué sirve la inversión en infraestructura si luego no se invierte en su mantenimiento?

No creo que ninguno de nosotros se sienta especialmente decepcionado, porque estaba bastante claro desde el principio que la construcción de este carril bici era sobre todo una maniobra propagandística que podía, de refilón, beneficiarnos a algunos al proporcionarnos una vía por la que circular de un lado a otro de Madrid en bici. Yo ya no concibo un carril bici sin paseantes a pie ni hierbecitas creciendo entre las grietas del firme. Pero las bolsas de basura y los desperdicios amontonados son demasiado, para un carril bici y para cualquier parte en un país civilizado en el que ya hace mucho que aprendimos que las cosas no se tiran al suelo.

Por qué una bici plegable

Ahora mismo es algo relativamente normal ver una bicicleta plegable por mi ciudad, pero hace un par de años, cuando compré la mía, mucha gente se giraba a mirar qué rayos era eso sobre lo que iba montada. Si me montaba en el tren con ella plegada, podía escuchar comentarios como «vaya leche se ha tenido que meter para dejar así la bici».

Fue gracias a un amigo que descubrí la existencia de estas pequeñas maravillas. Ese mismo amigo me había enseñado a montar en bici ya con 21 años (anteriormente, y por falta de apoyo familiar, no había conseguido superar la etapa de los «ruedines»), pero hablábamos a menudo de lo incómodo que era moverse con una bicicleta de montaña en ciudad: más grandes y aparatosas, estábamos obligados a aparcarlas en la calle, y subirse a una acera o cruzar una plaza sobre ella nos hacía acreedores de improperios de los peatones por muy lejos que pasasemos de ellos. Viviendo en un piso, daba algo más que pereza andar subiendo y bajando la bici en el ascensor o por las escaleras, apoyada sobre una rueda y manchando las paredes – con las consiguientes miradas reprobadoras de los vecinos-.

Sin embargo, para nosotros estaba claro que, por las dimensiones y distribución urbanística de nuestra ciudad, era óptimo desplazarse en bicicleta: los enormes autobuses urbanos son extremadamente torpes maniobrando en el casco antiguo, que es el lugar al que casi siempre hay que ir para cualquier gestión, o para quedar con amigos; el coche, además de contaminar, resulta infinitamente más lento por los semáforos, rotondas y la densidad del tráfico, y aparcar en el centro a según qué horas es todo un acto de fe; andar es siempre una buena solución, pero cuando vas con prisa y mil historias apuntadas en la agenda puedes llegar a desesperarte cuando «aquí al lado» significa pasar 20 o 30 minutos de paseo.

Así que navegando por internet, haciendo búsquedas como «ciclismo urbano» o «transporte sostenible en ciudad» en varios idiomas, dimos con la que parecía la solución perfecta: bicicletas plegables, más pequeñas, más ligeras, fáciles de guardar, menos llamativas y molestas a la hora de meterlas en una cafetería o un tren… Al principio fui un poco más reacia a la novedad, conocía los socavones, baches, aceras sin rebaje (viva la accesibilidad) y demás obstáculos con los que me encontraría, y una bicicleta con un cuadro formado por varias piezas montadas mediante engranajes más o menos sólidos no me daba mucha confianza. Luis fue más decidido y apenas tardó un mes en hacerse con una bicicleta plegable.

Tan sólo tuvo que prestármela un par de veces para que me decidiese a comprar mi propia bicicleta plegable: si tenía que ir a otra ciudad, la bici cabía sin ningún problema en el maletero, podía aparcar mi coche en algún lugar no demasiado complicado, y moverme a placer para hacer mis gestiones; si me desplazaba en tren, me evitaba gran parte de las miradas resentidas del resto de viajeros; si iba a casa de algún amigo que se hubiese tenido que apañar con una «solución habitacional» modelo Pin y Pon, mi «trasto» no ocupaba la mitad de su salón; si me quedaba en Alcalá, mi ciudad, en determinados pasos más complicados o peligrosos por la calzada podía subir a la acera y compartirla con los peatones con mayor seguridad (me resulta bastante más fácil mantener el equilibrio a velocidad muy reducida sobre la bici plegable) y mejor aceptación.

En resumen, apenas un par de semanas de préstamo bastaron a una bicicleta plegable para convencerme de que son una gran opción, así que comencé el proceso de búsqueda de mi propia montura urbana.