Convivir con una bici plegable

Como ya he comentado en algún otro post, mi piso no es ningún palacete, así que convivir con dos bicis además del resto de aparataje que cualquier mortal acumula en casa puede ser todo un reto.

Seguro que tienes algún rincón en que guardar tu bici
Seguro que tienes algún rincón en que guardar tu bici

Una bicicleta plegable representa muchas ventajas en este sentido, porque cabe prácticamente en cualquier sitio. Puedes consultar las medidas de tu bici una vez plegada en el sitio Web de cualquier fabricante, pero para que te hagas a la idea… Es un bulto similar al que formarían 3 o 4 cajas de zapatos apiladas. Así que tu bici puede quedarse en el pasillo de entrada, debajo de la encimera de la cocina, detrás de un sofá, en cualquiera de los múltiples rincones desaprovechados que tiene una casa, en un armario ropero, junto a la estantería del salón, en el hueco que queda bajo el lavabo… Yo la guardo debajo de mi bici de montaña, que tengo colgada en una pared. Plegada, mi Roo cabe perfectamente en el hueco que queda bajo su «hermana mayor» suspendida de la pared, y no me roba ni un milímetro más de espacio.

Si, como yo, además de tu bici plegable sabes lo que es vivir con una bicicleta «normal», hay otros aspectos de la convivencia con una plegable que agradecerás, y es todo lo relativo al mantenimiento. Hace dos años era un poco más complicado encontrar recambios para una plegable, pero ahora que se han convertido en un producto de gran consumo e IKEA e incluso Alcampo se han lanzado a la venta de bicicletas plegables, puedes encontrar las piezas que necesites en casi en cualquier lugar, o encargarlas en tu tienda del barrio sin que te miren con los ojos como platos. Pese a las dificultades iniciales, no puedo quejarme porque hasta ahora nunca he necesitado cambiarle nada a mi bici.

El mantenimiento que requiere es prácticamente nulo: acostumbrada a tener que revisar la presión de mis ruedas casi cada vez que me voy de ruta de MTB, a tener que hacer ajustes en el cambio, aceitar bien cadena, piñones y platos antes de cada salida, revisar la dureza de la horquilla, cambiar pastillas de freno con bastante frecuencia… Las atenciones que ha requerido mi Roo me han parecido mínimas: en los dos años que llevamos juntas no me he acordado nunca de aceitarla, pero eso es porque nunca ha hecho ruidos quejumbrosos; sólo he tenido que ajustar los frenos una vez, al poco tiempo de tenerla, y desde entonces, ahí siguen, sin dar problemas; la presión de las ruedas, bastante elevada (a partir de 4Kg) es muy estable, rara vez he tenido que volver a inflarlas; tampoco he cambiado las cubiertas, y no he notado grandes diferencias en el agarre desde el primer día hasta hoy. En definitiva, prácticamente no le he hecho ni caso, y ella no me ha dado ni un problema. Para los menos habilidosos con la mecánica, esto es una gran ventaja, porque no tendrás que andar visitando el taller contínuamente.

En algunos bloques vivir con una bicicleta es como tener mascota… Para muchos de tus vecinos, cualquier cosa que sea diferente (y hoy en día una bicicleta lo es) es mirada con desconfianza. Siempre tendrás tres o cuatro pares de ojos pendientes de tí, dispuestos a dar la voz de alarma en el momento en que cometas cualquier error. Pues vivir con una bici plegable es casi como tener una iguana: incluso siendo más raro que tener un perro – o una bici de las de toda la vida – te ocasionará menos problemas con los vecinos. Intenta poner una bici grande sobre su rueda trasera para meterla en el ascensor, evitar manchar las paredes de barro, no golpear nada, caber tú mismo en el ascensor… Y aún así tendrás que enfrentarte a la acusadora mirada de algún vecino que tiene que esperar al siguiente ascensor porque no hay forma de que se encaje ahí dentro contigo y tu bici sin que el contacto humano llegue a ser más que incómodo. Visualiza cómo cambia la escena si entras en el portal, pliegas tu bici, la coges por el sillín, la metes en el fondo del ascensor cómodamente, sin riesgo de manchar otra cosa que el suelo, ni golpear nada, y aún caben en el ascensor dos personas más, incluso tres si te inclinas un poco y ocupas con tu cuerpo y tu mochila el espacio sobre la bici. Se acabaron las caras de odio de tus vecinos, en todo caso caras de sorpresa y curiosidad ante el último invento del vecino «rarito» del séptimo. Lo de rarito no lo digo por vosotros, claro, pero puedo aseguraros que en mi bloque una chica que sale a entrenar con la bici de montaña sola, o que coge su bici plegable un día de lluvia, está catalogada como «rarita» hasta el final de sus días. Y no hay nada que pueda hacer para cambiarlo.