En bici plegable por los barrios de Lisboa

Fuera del casco histórico de Lisboa también hay cosas que ver, como la Torre de Belem, las grandes avenidas… Y las posibilidades de moverse en bici, así que a ello me puse.

Aunque en los barrios periféricos de Lisboa también puedes encontrarte interesantes cuestas, no llegan al nivel de inclinación de las calles del casco histórico, así que el pedaleo se hace más asequible a todo tipo de público. Además las calles son más anchas y rectas. Sin embargo, no ví en Lisboa – aunque no la recorrí palmo a palmo – carriles bici, ni he encontrado información acerca de una red de “ciclovías” en la ciudad, aunque sí parece que se proyecta la creación de un largo carril, y la puesta en marcha de medidas para facilitar y hacer más segura la circulación en bicicleta en Lisboa.

Dado el caracter que he percibido en el conductor portugués, creo que estas medidas son muy necesarias. Uno de los principales motivos por los que circular en bici en Madrid es algo peligroso se ve exacerbado al máximo en Portugal: los conductores no tienen ningún hábito de compartir sus calles con otro tipo de vehículos  – ni siquiera puedo decir que abundasen las motos, y apenas ví bicicletas – , y esto tiene dos consecuencias fatales para el ciclista urbano; en primer lugar, la falta de costumbre hace que el conductor sufra serios “despistes”, como no asegurarse mirando por el retrovisor de que no viene nadie al cambiar de carril, o fiarse de su oído para saber si algún vehículo le espera a la vuelta de la esquina o en un cruce, lo que convierte al ciclista en un vehículo “invisible” que en cualquier momento puede verse arrollado por el estupefacto conductor de un coche que ni se imaginaba que iba a colisionar con otro vehículo; en segundo lugar, algunos conductores más agresivos y territorialistas – a mí me recuerdan a los gorilas de lomo plateado – tienen serios problemas para aceptar la presencia de lo que consideran “intrusos” en su calzada, haciendo serios esfuerzos por cerrar el paso a motos y bicicletas cuando ellos se ven obligados a detenerse, o acelerando sin miramientos cuando un semáforo se pone verde, como si la bici que tienen delante no se mereciese el mismo respeto que un coche que estuviese detenido delante de ellos; la presencia de estos gorilas de lomo plateado parece casi inevitable – creo que muy pocos podríamos jurar sobre la biblia que no nos volvemos más o menos agresivos en un atasco camino del trabajo o de una reunión a las siete de la mañana – pero abundan mucho menos en lugares en los que hay una cultura de convivencia con otros usuarios.

En ciudades del norte de Europa con larga tradición ciclista el respeto a las dos ruedas es pleno: tampoco vamos a pecar de inocentes, he visto a holandeses gesticulando desesperados detras de una vacilante bicicleta. Pero la cuestión es que, por mucho que vociferen, se exalten o se molesten, se quedan detrás, sin acelerones ni adelantamientos peligrosos, ya sea por respeto, por miedo a las sanciones o por miedo al rechazo de los espectadores de la escena.

En Madrid cada vez me voy encontrando con más conductores que no sólo respetan a las dos ruedas, sino que hacen verdaderos esfuerzos por facilitarnos las cosas; sin embargo en mi ciudad, donde el núcleo duro alcalaíno se aferra a sus viejas ideas y costumbres, parece que los ciclistas urbanos aún somos esos bichos raros que estorban cuando uno coge su coche para recorrer los dos kilómetros que lo separan de su panadería de referencia; y en Barcelona, aunque todavía no he tenido ocasión de vivir en primera persona la experiencia de rodar por sus calles, parece que la actitud es aún más positiva, y que hay aún más conductores que asumen, respetan y hasta ven con gracia la presencia de ciclistas en sus calles.

En Portugal parece que los conductores no ven con gracia ni siquiera la presencia de otros conductores: adoran pegarse al coche que les precede sin hacer ni caso a las distancias de seguridad, y yo no intentaría seguir a un portugués en autopista con menos de 130CV bajo mi capó. En ciudad he visto bastantes maniobras no señalizadas, cambios de carril sin importar el hecho de que este estuviese ocupado por otro vehículo, giros a la derecha estando situado en el carril de la iquierda y similares. Así que si necesitas andar con mil ojos cuando ruedas con tu bici normalmente, en Lisboa yo diría que te harán falta unos cinco mil pares de ojos y huesos flexibles que resistan algún que otro encontronazo. Siempre que he podido he rodado sobre la acera, y he tenido la suerte de no encontrar demasiada densidad de peatones, así que más o menos me he podido defender.

No he estado tantos días en Lisboa como para poder probar la combinación de su red de transporte público con la bicicleta, pero voy a investigar las normativas al respecto para próximas visitas.

Ciclismo urbano en el casco histórico de Lisboa, ¿complicado?

En el centro histórico de Lisboa pasear en bici es un reto por varios motivos.

Para empezar, la propia orografía de la zona hace que todo el casco histórico se componga de cuestas empinadísimas que podrían hacerlo a uno merecedor del maillot de puntos rojos. No en vano estas calles son escenario del Lisboa Downtown, una de las más conocidas pruebas de ciclismo de descenso… El ascenso ya es otra cosa: yo me quedé con ganas de una “carrera” con el tranvía, pero me cuesta imaginar a un respetable ciudadano lisboeta subiendo por esas cuestas en busca de una barra de pan, ni a una trajeada ejecutiva camino de su trabajo por esas vertiginosas pendientes.

Además toda la calzada está adoquinada, así que rodar sobre ella es como pedalear sobre aquella viejísima bicicleta estática con vibromasaje incluido que mi padre regaló a mi madre y que ella se negó a usar ni una sola vez… Puede descolocarte las vértebras con sólo unos minutos de pedaleo, y la cosa es aún peor cuando te enfrentas aello con unas pequeñas ruedas de 20 pulgadas. El adoquinado es bastante resbaladizo, y presenta muchas irregularidades, grietas, bultos, abombamientos…Los sucesivos “reasfaltados” o “readoquinamientos” hacen que las calles se inclinen desde el centro hacia los laterales, así que tienes que ir pendiente y controlando la dirección de la bicicleta para evitar ir contra las aceras. No me atrevería a recorrer el centro de Lisboa en moto sin unas buenas botas, casco integral y chaqueta con protecciones hasta en el ombligo, el calor es lo de menos.

Hablando de peligrosas irregularidades en la calzada, uno de los atractivos turísticos de la ciudad, el tranvía, constituye otro riesgo para los ciclistas: encajar la rueda de tu bicicleta en sus vías es muy fácil, y salir de esa situación ileso bastante improbable.

Por si todo esto fuese poco, las calles son muy estrechas, lo que hace insostenible el transporte en coche privado incluso más allá de las consideraciones medioambientales: el tráfico no es fluido, los encuentros entre tranvías y coches suelen ser complicados, las maniobras en las abundantes curvas pronunciadas combinadas con pendientes son un auténtico quema-embragues, y los espacios para estacionar escasos.

Es una pena que en una ciudad tan turística, que invita tanto a recorrer sus callejas, y con un clima tan suave, sea tan difícil plantear una infraestructura para incentivar el uso de las bicicletas. Sin embargo Lisboa ya ha dado sus primeros pasos hacia la movilidad sostenible: está en marcha la renovación de la flota de vehículos municipales sustituyendo aquellos de motor convencional por vehículos propulsados por gas natural, y el acceso y estacionamiento en las zonas más centricas se restringe a residentes  o comerciantes que tengan su negocio allí; el tranvía, además de su atractivo turístico, se plantea como la opción de transporte preferible para desplazarse por el centro de la ciudad, y aunque parece insuficiente para cubrir todos los desplazamientos de los ciudadanos y los visitantes, y desde luego no es plenamente capilar como pueda serlo una red de transporte en bicicleta, está claro que los desplazamientos sobre dos ruedas no serían una solución apta para todos los públicos. Lo tienen francamente complicado los lisboetas.

Bicicletas plegables de vacaciones en Cascais

He estado unos días de vacaciones, ya se nota por la última fecha de publicación. No tenía muy claro cuál sería mi destino de vacaciones, pero la llegada a última hora de unos amigos que se apuntaban a venirse de viaje “donde tocase” nos hizo decidirnos por la zona de Lisboa en Portugal: no es el típico destino montañero al que suelo ir, pero tampoco un lugar en el que me fuese a aburrir: ha demostrado ser un perfecto término medio para que tanto mi hiperactividad como el afán de relajación de mis amigos hayan tenido ocasión de verse satisfechos.

He aprovechado estos días para comprobar cómo se lleva esto del ciclismo urbano en Portugal, tanto en la capital como en ciudades y pueblos aledaños, y aunque el muestreo ha sido insuficiente como para sacar una conclusión fiable, lo cierto es que el balance no es muy positivo.

Aunque la costa central de Portugal es una zona con un clima bastante favorable, no detecté una apuesta clara por parte de las Administraciones por la movilidad en bicicleta – tampoco puedo decir que en España los Ayuntamientos estén volcados en este sentido – y la mayor parte de los ciudadanos lusos se decidían por el tranporte en su propio coche, así que casi todos los ciclistas que se veían por allí eran extranjeros. No habiendo una demanda considerable por parte de sus ciudadanos, ¿se puede pedir a la Administración que invierta en infraestructuras que pueden quedar sin uso?

Un Gobierno debería ser capaz de abastecer las demandas de sus ciudadanos, pero aunque esto pueda sonar un poco ilustracionista, también debería ser capaz de inducir en ellos comportamientos beneficiosos, incentivando las acciones positivas y desincentivando las acciones negativas. Con toda Europa trabajando en reducir su dependencia de los combustibles fósiles y en mejorar la calidad de vida en sus ciudades, apostando por una movilidad sostenible y una mejor calidad ambiental, es de esperar que la Administración lusa haga esfuerzos en este sentido. La cuestión es que hay mucha inversión por realizar en la mejora de la movilidad en Portugal, y temo que el ciclismo urbano aún queda muy lejos en la lista de prioridades.

En próximos posts os contaré cuál es la situación que he visto en Portugal para los que nos gusta movernos en bici.

¿Al trabajo en bici?

Hasta hace un año estaba trabajando en Madrid, junto a Avenida de la Ilustración. La parada de tren más cercana, Ramón y Cajal, estaba a unos cuatro kilómetros; el metro más próximo, Peñagrande, quedaba escasamente a un kilómetro, pero desde Alcalá y con una bici al lado me resultaba más cómodo hacer todo el camino en tren que hacer tres trasbordos; nunca me he manejado demasiado bien con los autobuses en Madrid, así que ni los tuve en consideración.

Por aquel entonces no podía ir en bici al trabajo tanto como quisiera, casi todos los días tenía que ir a visitar a un cliente, o a un montaje, y rara vez el destino era el centro de Madrid: Pozuelo de Alarcón, Tres Cantos o San Sebastián de los Reyes eran más habituales, y si no quería pasar todo el día desplazándome de un lado a otro, el coche parecía la mejor solución (la moto la tuve después). Sin embargo los días que pude ir en bici no tuve ningún problema, por la mañana era un placer bajar los 4 kilómetros de Fermín Caballero casi sin pedalear, y por las tardes, salvo que hiciese un calor sofocante, subir el camino de vuelta no se hacía difícil con una marcha suave. Nunca tuve ningún problema con los coches, pese a cruzar una de las zonas con más tráfico, y además en un momento en que la M30 estaba completamente levantada para su soterramiento.

Cuando cambié a un trabajo más “de oficina” y apenas a 15 kilómetros de mi casa parecía que iba a poder disfrutar de más mañanas similares: apenas dos paradas de tren y tres kilómetros y medio separan mi casa de mi oficina. Y sin embargo se me hace muy muy complicado ir a mi trabajo en bici, ¿por qué?

Pues porque unos dos kilómetros del recorrido discurren por un polígono industrial, y si a veces parece que a los conductores les cuesta asumir la presencia de ciclistas en ciudad, puedo aseguraros que en un polígono industrial les es imposible: el polígono industrial es el reino de la “tanqueta”; los especímenes de homo empresarius y algún que otro mandril campan a sus anchas por sus dominios en sus coches sobredimensionados y sus furgonetas sin preocuparse por las normas de tráfico ni la seguridad de cualquier otra persona que se cruce en su camino; probad a cruzar un paso de cebra en un polígono industrial del Corredor del Henares (los del norte de Madrid no son lo mismo, eso son “parques empresariales”, hábitat natural de los homo erectus multinacionalensis, bastante más civilizados), al menos 5 coches estarán cerca de arrollaros, más de uno tocará el claxon y os increpará. Porque este es su terreno, aquí sólo se admiten cochazos de un mínimo de cinco metros de largo, furgonetas y camiones. Aquí ciclistas, peatones o motoristas no tienen lugar, y si se adentran el los terrenos del homo empresarius deberán asumir los riesgos que de ello se deriven.

En un polígono industrial – al menos en los del Corredor del Henares – se aparca donde se quiere, y si se imposibilita la circulación en alguna calle, mejor que mejor, tema para las risotadas a la hora de comer; jamás – repito, jamás – se señaliza una maniobra con el intermitente, ¡eso es dar pistas al enemigo!; lo más divertido de circular por un polígono industrial es que puedes llevar una trayectoria vacilante, iniciar un giro a la derecha y cambiar brúscamente tu dirección para girar a la izquierda, detenerte en mitad de la calle sin motivo aparente, y no hacerlo cuando hay un semáforo rojo, y ni siquiera tienes que mirar por el retrovisor por si viene alguien, ¡si hay alguien detrás, que te esquive!.

Por supuesto, cuando conduces por un polígono industrial y te encuentras con una bicicleta es esencial realizar la maniobra disuasoria “por aquí no vuelvas, que es mi calle”: esta divertida maniobra consiste en acelerar revolucionando mucho el motor para que su ruido intimide al enemigo mientras te acercas, pegarte lo más posible a la bicicleta – que sienta el aliento de tu motor en su nuca – , adelantar en el peor momento (cuando venga alguien de frente, cuando estés a unos metros de un semáforo cerrado, cuando no tengas visibilidad…), muy muy cerca – si consigues un roce con el retrovisor es que eres todo un experto en maniobras disuasorias -, y con grandes aspavientos. Ni que decir tiene que si quien va sobre la bicicleta es una chica, es imprescindible agasajarla con algún comentario sexista. Esta maniobra que tan alegremente se pone en práctica en los polígonos industriales es potencialmente peligrosa para la integridad física o incluso la vida del ciclista, pero… ¡Es que se ha metido en territorio de tanquetas!

Si tienes el día piadoso también puedes hacer maniobras con intención más amistosa, aunque igualmente desanimarán al ciclista si tenía intenciones de volver a pasar por tus dominios: ponerte en paralelo y silbarle la melodía de “verano azul”, cuanto más cerca y más probabilidades haya de tirarlo al suelo, mejor; gritarle “vamos, Pericooooo…” “Vamos Induráaaaaain…” O “vamos Contadooooor…”, según la edad que tengas; añadir un “guaaaapaaaa.. ¿No quieres que te lleve, que hace mucho caloooor…?”; y en verano, qué mejor que ofrecerle un trago de agua colocándole la botella en la cara e impidiéndole ver hacia dónde va a estamparse.

Una raza curiosa esta que habita los polígonos industriales. Desde luego no son una mayoría, pero son suficientes como para pensárselo antes de atravesar uno en bicicleta. Veo difícil que vaya a construirse un carril bici que comunique la estación de Torrejón con el Polígono de San Fernando (una línea recta casi perfecta), si ya es difícil encontrar redes de carril bici correctamente planteadas, teniendo en cuenta las necesidades y las posibilidades de desplazamiento de los ciudadanos, imaginad lo que puede resultar de la coordinación entre dos Ayuntamientos. Aún así, veo cada vez más valientes que se arriesgan a ir a su trabajo en bici en el polígono: será el buen tiempo, serán los precios de los carburantes, los atascos… ¿O habrá cada vez más gente que piense que desplazarse sin contaminar es importante?

Miguel Sebastián y su plan para reducir el consumo energético

Aunque el término “sostenibilidad” esté bastante manido y ajado desde hace ya algún tiempo, sigue ocupando las mentes de muchos ciudadanos. No importa lo usada y abusada que haya sido, la sostenibilidad es un objetivo que nos vemos obligados a perseguir por economía – aumento de los precios del petróleo, del gas natural, de la energía eléctrica… -, y que deberíamos alcanzar por conciencia, porque queremos vivir y dejar un mundo – ahí va otro término marchito por el uso –habitable.

El Ministerio de Industria, Turismo y Comercio de España ha presentado un paquete de treinta y una medidas para reducir el consumo energético, y aunque alguna de las que más ruido han hecho en la prensa pueda parecer una majadería (¿regalar bombillas de bajo consumo? ¿Qué repercusión tendrá esta medida cuando corresponde una a cada hogar que usa una media de 10 bombillas?¿cuán necesaria es si se van a retirar las incandescentes del mercado?¿No hay inversiones a largo plazo y más productivas que hacer?), las hay que se refieren a la movilidad urbana y más concretamente al uso de la bicicleta.

La medida número 13 del paquete habla de conseguir más financiación para apoyar más planes de movilidad urbana sostenible en más ciudades españolas, la número 16 plantea la extensión de los horarios de apertura del metro los fines de semana, y el punto 17 propone promover el transporte urbano en bicicleta mediante la ampliación de las redes de carriles bici urbanos y la puesta a disposición de los ciudadanos de bicicletas de uso público.

Se me ocurren bastantes más medidas a poner en marcha para incentivar el uso de la bicicleta urbana, como algún plan de sensibilización de automovilistas y peatones hacia las bicicletas, la inclusión – inspirada por mis últimos posts – de infraestructuras en autobuses, trenes y metro para poder llevar tu bicicleta y combinarla con estos medios de transporte, la mejora y el correcto mantenimiento de las calzadas… Pero estas dos medidas son un buen comienzo, siempre y cuando se planteen correctamente.

Seguramente tu ciudad cuenta con algún que otro carril bici, ¿verdad? Pero… ¿has probado a circular por él? Se hace patente la necesidad de planificar estas redes de carriles específicos, porque la mayoría de ellos se colocan en zonas alejadas de las ciudades, no comunican entre sí, llevan del punto A al punto B con menor interés… Porque, o no ha habido ningún planteamiento serio ni ninguna estrategia a la hora de determinar la ubicación de estos carriles, o se han considerado estructuras meramente recreativas, y no como una alternativa seria de transporte urbano. En Alcalá, por ejemplo, tenemos el campus universitario dividido en dos: las facultades de letras y ciencias sociales se ubican en el centro de la ciudad, casi siempre en edificios históricos, mientras que las facultades de ciencias médicas, ingenierías, etc, se sitúan en un campus “externo” a la ciudad, junto con las residencias para estudiantes. En una ciudad con alto atractivo para estudiantes Erasmus resulta chocante descubrir que no hay carriles bici que comuniquen un campus con otro, ni tan siquiera las facultades del centro están comunicadas entre sí. Abandonando el ámbito universitario, la zona centro es muy visitada por turistas, pero también es el centro económico de la ciudad, al que hay que acudir para casi cualquier gestión: con el Ayuntamiento, la Seguridad Social, para ir al médico, hacer tus compras… Pues no hay ni un sólo carril bici en el centro de la ciudad, ni que lleve de la estación de tren o de la estación de autobuses… a Ninguna parte: Alcalá de Henares cuenta con un carril bici que comunica un polígono industrial con uno de los extremos en que acaba la ciudad “residencial”; también hay un paseo – que no carril bici propiamente dicho – junto al río Henares, que delimita la ciudad en otro de sus extremos, y en el que, como es natural, es bastante complicada la convivencia con los peatones, que en este caso tienen toda la preferencia; en las últimas ampliaciones de la ciudad también se han hecho carriles bici, pero estos, una vez más, no comunican con el centro, no están siendo mantenidos y presentan un firme más que irregular debido a los levantamientos ocasionados por las raíces de los árboles, casi siempre están ocupados por peatones, y cuando no es así, están ocupados por… Kioskos de helados.

Barcelona ha sido pionera en la implantación de bicicletas de uso público con su sistema “bicing“, del que ya me estoy informando para alguno de mis próximos post. Ya me estuve informando algo durante el Bike Show de 2007 y me pareció una gran idea. Aunque algunos, por ejemplo yo, puedan preferir moverse sobre su propia bicicleta, este sistema te da toda la libertad para coger y dejar una bicicleta donde más te convenga, sin preocuparte porque te la roben o dañen. La red de estaciones parece que está muy bien estudiada, colocándolas siempre junto a estaciones de autobús, tren o metro, y aunque aún no están todas abiertas, pronto cubrirán todo el centro de Barcelona. Este sistema de bicis de uso público es de lo más flexible que se pueda plantear. Mientras que las redes de transporte público tradicionales tienen unas estaciones y unos recorridos fijos, y desplazan a todos los viajeros juntos, la bicicleta de uso público permite que cada usuario pueda desplazarse exáctamente hasta el punto que prefiera. Aunque aún tengo que acercarme por Barcelona para comprobar por mí misma la comodidad del sistema, creo que es una buena iniciativa que debería extenderse a muchas otras ciudades.

Este nuevo plan de reducción del consumo energético parece una buena oportunidad para el desarrollo del ciclismo urbano. Es una pena que muchas de las medidas dependan de Administraciones locales o regionales que, seguramente, retrasarán su puesta en marcha.

Combinar tu bicicleta con el Metro

En España, al menos hasta donde he podido averiguar, tenemos metro en Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia. Muy pronto también tendremos Metro en Sevilla en el marco de su plan para descongestionar el centro.

El Metro de Bilbao ha sido el único en que no he logrado encontrar nada en cuanto a la normativa para el transporte de bicicletas, pero he contactado con ellos y en cuanto me respondan os informaré puntualmente.

Mientras que en Madrid y Barcelona se restringe el acceso de bicicletas en horas punta de días laborales, el Metro de Valencia permite acceso pleno en días laborales, domingos y festivos, y restringe el acceso tan sólo los sábados por la tarde: aunque aún no me queda muy claro el motivo de restringir el acceso los sábados por la tarde, se agradece que se permita el transporte de bicicletas sin restricciones horarias en días laborales, parece que Valencia comprende muy bien el valor de la combinación de bicicleta y transporte público para la movilidad camino del trabajo o del colegio. Con esta afirmación no quiero decir que Madrid o Barcelona deban hacer lo mismo: he tenido la desgracia de necesitar viajar en la línea 1 de Metro de Madrid saliendo de Atocha hacia el norte cada mañana durante nueve largos meses, y ciertamente resultaría imposible encajar una bicicleta, plegable o no, entre tantos cuerpos aglutinados en cada vagón. Supongo que en Barcelona la situación será semejante, aunque en su caso los tramos horarios en que puedes llevar tu bicicleta contigo son mucho más amplios. Para poder permitir el transporte de bicicletas en el metro incluso en horas punta habría que estudiar seriamente el flujo de viajeros, las instalaciones que serían necesarias y bastantes aspectos que un ingeniero de obras públicas o de redes podría enumerar de forma mucho más completa que yo.

El caso de Valencia también llama la atención porque incluso cuentan con una guía de rutas que se pueden hacer para visitar la zona combinando el metro, el tranvía y la bicicleta, así que no sólo han valorado la importancia del uso de la bicicleta en la movilidad diaria, sino también para su uso recreativo.

También merece una mención especial el caso del Metro de Madrid, que como ya os adelantaba en mi post anterior, incluye en su normativa un párrafo relativo a las bicicletas plegables que dice así

“Finalmente, las bicicletas que vayan plegadas (así como las bicicletas infantiles), tendrán la consideración de bultos de mano, rigiéndose por la normativa propia de éstos establecida en el Artículo 2, Apartado b del Reglamento de Viajeros de Metro de Madrid.”

Ya sé que se dice mucho por ahí que Barcelona es una ciudad más “europea”, más moderna, más en la última tendencia… No lo voy a discutir, pero, ¡mira! Resulta que en Madrid hemos sido tantos “freaks” sobre una plegable que hasta el Metro ha tenido que meternos en su normativa, y esperemos que pronto lo hagan las demás redes de Metro.

Bicicletas plegables y Metro de Madrid

Estaba trabajando en mi próximo post en cuanto a la combinación de bicicleta y metro, y me he llevado una magnífica sorpresa, y es que Metro de Madrid cuenta en su normativa para viajeros con un párrafo específico para bicicletas plegables.

Aún tengo que comprobar las normativas de la red de metro de otras ciudades españolas, pero tenéis que disculparme que empiece por el metro de mi ciudad de referencia.

A primera vista parece que combinar bicicleta y metro es algo menos complejo que combinarla con el autobús. Fijáos en este canadiense camino del colegio.

httpv://www.youtube.com/watch?v=Ilvfge_oYQ4

Soporte para bicicletas en un autobús urbano

httpv://www.youtube.com/watch?v=p3XjiIOHwro

Si en mi anterior post hablaba de la iniciativa que empieza a funcionar en Francia, aquí tenemos a los californianos presentándonos una solución que ni siquiera requeriría modificar el interior de los autobuses.

Queda la duda de si la normativa de seguridad vial europea vería con buenos ojos esta instalación en el exterior de los autobuses, y comprobar cuántas bicicletas podrían llevarse.

Combinar tu bici con el autobús

Conozco de cerca el caso de Estraburgo como ciudad pionera en la inversión en transporte sostenible, y recuerdo los amplísimos parkings para bicicletas en las cabeceras de las principales líneas de autobús y tranvía. Estrasburgo me dará para otro post, baste aquí para hacer notar que no recuerdo haber visto un sólo parking para bicicletas en una parada de autobús en España.

Así que si deseas combinar el autobús con tu bici, tendrás que llevártela contigo. Da igual que tomes un larga distancia, un regional o un urbano, no puedes llevar tu bicicleta en el habitáculo de un autobús. Desde luego no hay espacio para guardar una bicicleta tradicional en ningún rincón del autobús, y en el caso de una bicicleta plegable todo depende del criterio del conductor del autobús, que por lo general es NO. Efectivamente, los autobuses tienen un riesgo mayor de sufrir accidentes que los trenes, y un proyectil del tamaño, peso y consistencia de una bicicleta plegada no debería introducirse en un autobús con todos los viajeros.

Así que para llevar tu bicicleta en el autobús, deberás abandonarla a su suerte en la bodega, donde suele dejarse también el equipaje más voluminoso, a merced de los vaivenes, chocando con los laterales, arrastrando contra el suelo… Un viaje movidito y poco saludable para tu bici. Yo que tú no lo haría, a no ser que tengas una maleta rígida en la que guardarla.

Yo suelo moverme sobre una bicicleta y con un ordenador portátil a cuestas, y he de decir que mi empresa no ha invertido en portátiles ligeros, así que cargo con unos 5 kg de ordenador, más su cargador, ratón y otros accesorios. Un peso considerable, un objeto contundente, y que sí que puedo subir al autobús.

Algunos autobuses franceses incorporan un espacio para bicicletas
Algunos autobuses franceses incorporan un espacio para bicicletas

Está claro que no es comparable el daño que puede ocasionar una bicicleta con el que pueda ocasionar mi ordenador, pero si viajas en autobuses urbanos e interurbanos a diario seguro que has visto a viajeros cargados con bultos grandes y pesados que podrían ser bastante peligrosos en una colisión, y que el conductor sí les permite subir al habitáculo. En la mayor parte de los casos, esos bultos podrían depositarse en la bodega del autobús, pero se suben al habitáculo para “ganar tiempo” y no obligar a una parada más prolongada para que los viajeros dejen o recojan sus pertenencias. En el caso de una bicicleta no hay modo seguro de dejarla en la bodega. Una vez más falta la infraestructura, no existe un lugar específico para dejar tu bicicleta. Puede que reste bastante espacio para los viajeros, pero algunas ciudades francesas – aún no es algo generalizado – han considerado que merecía la pena incluir esta instalación en sus autobuses. Ya investigaré qué motivos les han llevado a esta conclusión.