Ciclismo urbano en el Time

El número del seis de Octubre de la revista Time se dedicó por completo a los “héroes del medio ambiente”. Dos de estos héroes según la revista son los hermanos Decaux – herederos de la conocida empresa de publicidad en el medio urbano – que están desarrollando una nueva división en la compañía, el ciclismo urbano.

En 2003 hicieron las primeras pruebas en Viena, y hace ya un año que instalaron el sistema “Vélib” en Paris, algo similar al Bicing barcelonés, pero en versión glamourosa, como ilustra la fotografía de la revista que no puedo reproducir aquí – mi scanner averiado y el copyright me lo impiden – que nos muestra a los dos hermanos impecablemente trajeados a lomos de sendas bicicletas color antracita de diseño futurista, protegiéndose de la lluvia con sus sobrios paraguas negros: sería una excelente muestra para los diversos “cycle chic” de que se puede pasear en bici incluso en días de lluvia con un carísimo traje y sin arrugarlo.

Desde que Vélib comenzase a funcionar en Paris en Julio de 2007, se han efectuado más de treinta millones de préstamos de bicicletas, y más de doscientos mil usuarios se han suscrito por un año. Para finales de 2008 planean haber instalado sistemas similares en más de cuareta y nueve ciudades, casi todas europeas, pero también en ciudades como Chicago o Singapur.

Los Decaux son conscientes de que la idea no es nueva, pero ellos ponen un gran presupuesto e instalaciones de alta tecnología a su servicio. En palabras de Jean Charles Decaux, había llegado el momento de poner en práctica este sistema porque “ahora la gente está preparada para desplazarse de forma distinta“. Disculpadme si me fío más de las previsiones de quién se juega millones de euros en ello que de mis propias percepciones, pero ahora sí veo confirmadas mis sospechas: desde la generación de mis padres, que no conciben a una persona adulta desplazándose por Madrid sin coche, hasta la mía, se está produciendo un cambio cultural importante.

Por supuesto, la idea tiene su parte de negocio: Decaux provee las bicicletas a cambio de contratos exclusivos de venta de publicidad urbana alrededor de Paris. Hay quien critica que la idea resulte rentable, pero a mi me parece estupendo que le hayan buscado una vertiente económica: cuanto más dinero ganen con la implantación de sistemas de transporte urbano en bicicleta, más se esforzarán en extenderlo por todas las ciudades que puedan.

Ciclismo urbano, ¿la fórmula que buscaban los Ministros de Economía?

Tal vez se deba a que últimamente estoy teniendo más tiempo para para pasear por Alcalá a diario, o puede ser que desde que escribo este blog me fije más en los ciclistas urbanos de lo que lo hacían antes, pero, ¿soy la única que ha notado que cada vez hay más bicis en nuestras ciudades? Y no me refiero sólo a la densidad de ciclistas por kilómetro cuadrado, sino también alperfil de estos ciclistas: me estoy encontrando a lomos de una bicicleta a tipos humanos a los que nunca antes me habría imaginado fuera de un coche o de una acera.

¿Sabéis esa señora, de las que acaban de ser abuelas, que sueles encontrarte en cualquier esquina con un carrito de la compra de cuadros escoceses? Pues ahora por mi barrio hay una señora que, por indumentaria, edad, horarios… Encaja perfectamente en ese perfil, salvo que ahora la veo pasar en su bici con cesta. Lo mismo con esos señores jubilados que sueles ver camino del colegio a buscar al nieto, o camino del bar a arreglar España: chaqueta de punto, pantalones de tergal, andares tranquilos, piel curtida y arrugada… Solía verlos caminando por las aceras o conduciendo su coche, uno de estos coches que tienen cerca de veinte años pero que no tienen apenas kilómetros y parece que están nuevos salvo por el motor, que de “comer” atascos y semáforos en ciudad y ver muy poca autopista, está más negro que el ala de cuervo. Pues ya me he encontrado a más de tres y más de cuatro pedaleando sobre su bici, casi siempre una bici vieja, rescatada de la herrumbre, que les va demasiado pequeña y chirría, pero les lleva con rapidez de un sitio a otro, y – ellos mismos parecen haberse dado cuenta – sin gastar un sólo céntimo en gasolina.

También están los chavales del barrio: antes apenas cumplían los dieciséis ya estaban dando vueltas por el barrio con un scooter, a ser posible con tubo de escape modificado para hacer el mayor ruido posible. Será porque los padres ya no están tan dispuestos a desembolsar el precio de un ciclomotor, o el endurecimiento de los requisitos para conducir un scooter, o simple cuestión de malas notas… Pero ya no se ven tantas motos en mi barrio, y los chavales, en su búsqueda de un medio para moverse con libertad por la ciudad, y que los defina como rebeldes incorregibles, se van haciendo más y más con bicicletas de trial y dirt jump. Aún no he visto a ninguno hacer ninguna acrobacia reseñable, pero atentos porque se fragua una gran cantera para estas modalidades.

También están los trabajadores de mediana edad, de esta generación que aún considera que ir en su propio coche al trabajo le da un status del que no puede prescindir. Algunos ya practicaban antes hábitos económicos y ecológicos, yendo varios compañeros juntos en el mismo coche. Pero la cuestión es que iban en coche. Sin embargo, cuando la crisis aprieta y la hipoteca se hace insuperable, nada es más económico que ir en bici, y también empiezo a ver ciclistas camino de las empresas que hay alrededor de la ciudad… ¡Incluso he visto a alguno en el arcén de la autopista camino de Torrejón! Aunque eso ya me parece mucho arriesgar, sobre todo pudiendo llevar tu bici en el tren.

Estas dos nuevas especies ciclistas se unen en Alcalá a los estudiantes Erasmus que aún no se explican por qué muchos de sus compañeros, viviendo en la misma ciudad, se empeñan en coger el coche y pasar media hora buscando aparcamiento para ir a clase, y a los alcalaínos autóctonos que por convicción pedalean para ir al trabajo, a clase, a por el periódico,el pan, o de marcha. Y parece que la mayor presencia de bicicletas y menor abundancia de coches animan aún a más gente a coger la bici, y no sólo en Alcalá, sino dondequiera que voy.

Hay quien tenía ganas de empezar a utilizar la bici para sus desplazamientos pero no se atrevía por miedo a los coches, porque no estaba seguro de que el trayecto fuese realizable, o porque le daba vergüenza llamar la atención. Bueno, la crisis nos afecta a todos, y a modo de efecto “fin de mes” prolongado, se empieza a notar menor densidad de tráfico – no, no han desaparecido los atascos, pero al menos son menos intensos -, una conducción más comedida buscando reducir el consumo, y más gente buscando alternativas de transporte: así que, los que tenían miedo a los coches, se encuentran con que hay menos y van más despacio; los que no estaban convencidos de poder llegar a su destino en bici, apretados por el bolsillo o después de ver a alguna de las señoras mayores de mi barrio siguiendo el trayecto, se deciden a probar; los que no querían llamar la atención, ya no la llaman en absoluto, ni siquiera si su bici chirría.

La crisis me ha golpeado duramente, pero como Brian, siempre hay que mirar el lado luminoso de la vida, y hasta una crisis económica tiene su parte positiva.

Una duda (te la dedico, Maybe): si economía y sostenibilidad están lo bastante relacionadas en algunos aspectos, como en este caso, en que una actitud que busca economizar tiene como efecto un transporte más sostenible… ¿Por qué no se incentivan más y desde antes medidas de este tipo?

¡Sube tu bici plegable al autobús!

Soporte para bicicletas en un autobús de la MET de Madrid
Soporte para bicicletas en un autobús de la MET de Madrid

El nuevo manual de usuario de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid (EMT) recoge dos nuevas medidas para permitir combinar la bicicleta con el autobús.

Desde el 22 de septiembre los autobuses de la EMT permiten a los usuarios subir sus bicicletas plegables; además, cuatro autobuses de la línea 33 que hacen el recorrido entre Príncipe Pío y Casa de Campo incorporarán soportes para bicicletas similares a los que ya se utilizan en california.

Si te mueves en bici dentro de Madrid es posible que esta medida te parezca sobre todo experimental: la limitación a cuatro autobuses de una de las más de doscientas líneas regulares… Las restricciones para la introducción de bicicletas plegables… Sin embargo resulta bastante alentador comprobar que el Ayuntamiento de Madrid empieza a probar distintos métodos para mejorar la movilidad de sus ciudadanos.

De hecho ambas medidas son las más sencillas y las que menor inversión requieren: la introducción de las bicicletas plegables en los autobuses no precisa ninguna infraestructura adicional, y la instalación de soportes externos supone el desembolso de su compra, pero ninguna modificación sustancial en el autobús, como la que podrían requerir sistemas para “aparcar” las bicicletas en el interior del autobús.

Parece que Madrid se ha decidido a encontrar el método óptimo para permitir combinar las bicicletas con otros medios de transporte, y ha empezado, como es lógico, por los métodos que requieren menos desembolso. Esperemos que no se abandone esa vía.

Bicicletas plegables de vacaciones en Cascais

He estado unos días de vacaciones, ya se nota por la última fecha de publicación. No tenía muy claro cuál sería mi destino de vacaciones, pero la llegada a última hora de unos amigos que se apuntaban a venirse de viaje “donde tocase” nos hizo decidirnos por la zona de Lisboa en Portugal: no es el típico destino montañero al que suelo ir, pero tampoco un lugar en el que me fuese a aburrir: ha demostrado ser un perfecto término medio para que tanto mi hiperactividad como el afán de relajación de mis amigos hayan tenido ocasión de verse satisfechos.

He aprovechado estos días para comprobar cómo se lleva esto del ciclismo urbano en Portugal, tanto en la capital como en ciudades y pueblos aledaños, y aunque el muestreo ha sido insuficiente como para sacar una conclusión fiable, lo cierto es que el balance no es muy positivo.

Aunque la costa central de Portugal es una zona con un clima bastante favorable, no detecté una apuesta clara por parte de las Administraciones por la movilidad en bicicleta – tampoco puedo decir que en España los Ayuntamientos estén volcados en este sentido – y la mayor parte de los ciudadanos lusos se decidían por el tranporte en su propio coche, así que casi todos los ciclistas que se veían por allí eran extranjeros. No habiendo una demanda considerable por parte de sus ciudadanos, ¿se puede pedir a la Administración que invierta en infraestructuras que pueden quedar sin uso?

Un Gobierno debería ser capaz de abastecer las demandas de sus ciudadanos, pero aunque esto pueda sonar un poco ilustracionista, también debería ser capaz de inducir en ellos comportamientos beneficiosos, incentivando las acciones positivas y desincentivando las acciones negativas. Con toda Europa trabajando en reducir su dependencia de los combustibles fósiles y en mejorar la calidad de vida en sus ciudades, apostando por una movilidad sostenible y una mejor calidad ambiental, es de esperar que la Administración lusa haga esfuerzos en este sentido. La cuestión es que hay mucha inversión por realizar en la mejora de la movilidad en Portugal, y temo que el ciclismo urbano aún queda muy lejos en la lista de prioridades.

En próximos posts os contaré cuál es la situación que he visto en Portugal para los que nos gusta movernos en bici.

¿Al trabajo en bici?

Hasta hace un año estaba trabajando en Madrid, junto a Avenida de la Ilustración. La parada de tren más cercana, Ramón y Cajal, estaba a unos cuatro kilómetros; el metro más próximo, Peñagrande, quedaba escasamente a un kilómetro, pero desde Alcalá y con una bici al lado me resultaba más cómodo hacer todo el camino en tren que hacer tres trasbordos; nunca me he manejado demasiado bien con los autobuses en Madrid, así que ni los tuve en consideración.

Por aquel entonces no podía ir en bici al trabajo tanto como quisiera, casi todos los días tenía que ir a visitar a un cliente, o a un montaje, y rara vez el destino era el centro de Madrid: Pozuelo de Alarcón, Tres Cantos o San Sebastián de los Reyes eran más habituales, y si no quería pasar todo el día desplazándome de un lado a otro, el coche parecía la mejor solución (la moto la tuve después). Sin embargo los días que pude ir en bici no tuve ningún problema, por la mañana era un placer bajar los 4 kilómetros de Fermín Caballero casi sin pedalear, y por las tardes, salvo que hiciese un calor sofocante, subir el camino de vuelta no se hacía difícil con una marcha suave. Nunca tuve ningún problema con los coches, pese a cruzar una de las zonas con más tráfico, y además en un momento en que la M30 estaba completamente levantada para su soterramiento.

Cuando cambié a un trabajo más “de oficina” y apenas a 15 kilómetros de mi casa parecía que iba a poder disfrutar de más mañanas similares: apenas dos paradas de tren y tres kilómetros y medio separan mi casa de mi oficina. Y sin embargo se me hace muy muy complicado ir a mi trabajo en bici, ¿por qué?

Pues porque unos dos kilómetros del recorrido discurren por un polígono industrial, y si a veces parece que a los conductores les cuesta asumir la presencia de ciclistas en ciudad, puedo aseguraros que en un polígono industrial les es imposible: el polígono industrial es el reino de la “tanqueta”; los especímenes de homo empresarius y algún que otro mandril campan a sus anchas por sus dominios en sus coches sobredimensionados y sus furgonetas sin preocuparse por las normas de tráfico ni la seguridad de cualquier otra persona que se cruce en su camino; probad a cruzar un paso de cebra en un polígono industrial del Corredor del Henares (los del norte de Madrid no son lo mismo, eso son “parques empresariales”, hábitat natural de los homo erectus multinacionalensis, bastante más civilizados), al menos 5 coches estarán cerca de arrollaros, más de uno tocará el claxon y os increpará. Porque este es su terreno, aquí sólo se admiten cochazos de un mínimo de cinco metros de largo, furgonetas y camiones. Aquí ciclistas, peatones o motoristas no tienen lugar, y si se adentran el los terrenos del homo empresarius deberán asumir los riesgos que de ello se deriven.

En un polígono industrial – al menos en los del Corredor del Henares – se aparca donde se quiere, y si se imposibilita la circulación en alguna calle, mejor que mejor, tema para las risotadas a la hora de comer; jamás – repito, jamás – se señaliza una maniobra con el intermitente, ¡eso es dar pistas al enemigo!; lo más divertido de circular por un polígono industrial es que puedes llevar una trayectoria vacilante, iniciar un giro a la derecha y cambiar brúscamente tu dirección para girar a la izquierda, detenerte en mitad de la calle sin motivo aparente, y no hacerlo cuando hay un semáforo rojo, y ni siquiera tienes que mirar por el retrovisor por si viene alguien, ¡si hay alguien detrás, que te esquive!.

Por supuesto, cuando conduces por un polígono industrial y te encuentras con una bicicleta es esencial realizar la maniobra disuasoria “por aquí no vuelvas, que es mi calle”: esta divertida maniobra consiste en acelerar revolucionando mucho el motor para que su ruido intimide al enemigo mientras te acercas, pegarte lo más posible a la bicicleta – que sienta el aliento de tu motor en su nuca – , adelantar en el peor momento (cuando venga alguien de frente, cuando estés a unos metros de un semáforo cerrado, cuando no tengas visibilidad…), muy muy cerca – si consigues un roce con el retrovisor es que eres todo un experto en maniobras disuasorias -, y con grandes aspavientos. Ni que decir tiene que si quien va sobre la bicicleta es una chica, es imprescindible agasajarla con algún comentario sexista. Esta maniobra que tan alegremente se pone en práctica en los polígonos industriales es potencialmente peligrosa para la integridad física o incluso la vida del ciclista, pero… ¡Es que se ha metido en territorio de tanquetas!

Si tienes el día piadoso también puedes hacer maniobras con intención más amistosa, aunque igualmente desanimarán al ciclista si tenía intenciones de volver a pasar por tus dominios: ponerte en paralelo y silbarle la melodía de “verano azul”, cuanto más cerca y más probabilidades haya de tirarlo al suelo, mejor; gritarle “vamos, Pericooooo…” “Vamos Induráaaaaain…” O “vamos Contadooooor…”, según la edad que tengas; añadir un “guaaaapaaaa.. ¿No quieres que te lleve, que hace mucho caloooor…?”; y en verano, qué mejor que ofrecerle un trago de agua colocándole la botella en la cara e impidiéndole ver hacia dónde va a estamparse.

Una raza curiosa esta que habita los polígonos industriales. Desde luego no son una mayoría, pero son suficientes como para pensárselo antes de atravesar uno en bicicleta. Veo difícil que vaya a construirse un carril bici que comunique la estación de Torrejón con el Polígono de San Fernando (una línea recta casi perfecta), si ya es difícil encontrar redes de carril bici correctamente planteadas, teniendo en cuenta las necesidades y las posibilidades de desplazamiento de los ciudadanos, imaginad lo que puede resultar de la coordinación entre dos Ayuntamientos. Aún así, veo cada vez más valientes que se arriesgan a ir a su trabajo en bici en el polígono: será el buen tiempo, serán los precios de los carburantes, los atascos… ¿O habrá cada vez más gente que piense que desplazarse sin contaminar es importante?

Por qué una bici plegable

Ahora mismo es algo relativamente normal ver una bicicleta plegable por mi ciudad, pero hace un par de años, cuando compré la mía, mucha gente se giraba a mirar qué rayos era eso sobre lo que iba montada. Si me montaba en el tren con ella plegada, podía escuchar comentarios como “vaya leche se ha tenido que meter para dejar así la bici”.

Fue gracias a un amigo que descubrí la existencia de estas pequeñas maravillas. Ese mismo amigo me había enseñado a montar en bici ya con 21 años (anteriormente, y por falta de apoyo familiar, no había conseguido superar la etapa de los “ruedines”), pero hablábamos a menudo de lo incómodo que era moverse con una bicicleta de montaña en ciudad: más grandes y aparatosas, estábamos obligados a aparcarlas en la calle, y subirse a una acera o cruzar una plaza sobre ella nos hacía acreedores de improperios de los peatones por muy lejos que pasasemos de ellos. Viviendo en un piso, daba algo más que pereza andar subiendo y bajando la bici en el ascensor o por las escaleras, apoyada sobre una rueda y manchando las paredes – con las consiguientes miradas reprobadoras de los vecinos-.

Sin embargo, para nosotros estaba claro que, por las dimensiones y distribución urbanística de nuestra ciudad, era óptimo desplazarse en bicicleta: los enormes autobuses urbanos son extremadamente torpes maniobrando en el casco antiguo, que es el lugar al que casi siempre hay que ir para cualquier gestión, o para quedar con amigos; el coche, además de contaminar, resulta infinitamente más lento por los semáforos, rotondas y la densidad del tráfico, y aparcar en el centro a según qué horas es todo un acto de fe; andar es siempre una buena solución, pero cuando vas con prisa y mil historias apuntadas en la agenda puedes llegar a desesperarte cuando “aquí al lado” significa pasar 20 o 30 minutos de paseo.

Así que navegando por internet, haciendo búsquedas como “ciclismo urbano” o “transporte sostenible en ciudad” en varios idiomas, dimos con la que parecía la solución perfecta: bicicletas plegables, más pequeñas, más ligeras, fáciles de guardar, menos llamativas y molestas a la hora de meterlas en una cafetería o un tren… Al principio fui un poco más reacia a la novedad, conocía los socavones, baches, aceras sin rebaje (viva la accesibilidad) y demás obstáculos con los que me encontraría, y una bicicleta con un cuadro formado por varias piezas montadas mediante engranajes más o menos sólidos no me daba mucha confianza. Luis fue más decidido y apenas tardó un mes en hacerse con una bicicleta plegable.

Tan sólo tuvo que prestármela un par de veces para que me decidiese a comprar mi propia bicicleta plegable: si tenía que ir a otra ciudad, la bici cabía sin ningún problema en el maletero, podía aparcar mi coche en algún lugar no demasiado complicado, y moverme a placer para hacer mis gestiones; si me desplazaba en tren, me evitaba gran parte de las miradas resentidas del resto de viajeros; si iba a casa de algún amigo que se hubiese tenido que apañar con una “solución habitacional” modelo Pin y Pon, mi “trasto” no ocupaba la mitad de su salón; si me quedaba en Alcalá, mi ciudad, en determinados pasos más complicados o peligrosos por la calzada podía subir a la acera y compartirla con los peatones con mayor seguridad (me resulta bastante más fácil mantener el equilibrio a velocidad muy reducida sobre la bici plegable) y mejor aceptación.

En resumen, apenas un par de semanas de préstamo bastaron a una bicicleta plegable para convencerme de que son una gran opción, así que comencé el proceso de búsqueda de mi propia montura urbana.